Todas las organizaciones políticas y religiosas califican a la esperanza como una gran virtud. Es lógico que así lo hagan, pues si al público no le hubieran ensanchado las tragaderas elogiando virtudes como la fe y la esperanza, sería muy difícil venderle paraísos terrenales o celestiales que se pagan en el presente para ser entregados en un lejano futuro